El pueblo no debería temer a sus gobernantes, los gobernantes deberían temer al pueblo.
V, en V de Vendetta.
Porque hoy es cinco de noviembre, y las ideas nunca mueren.
De los geniales Amazing Super Powers.
En 1985, O. Scott Card nos mostró una novela de Ciencia Ficción en la que la vida quedaba reducida a un inocente videojuego: El juego de Ender. Cargado de una sensibilidad inusitada, el libro consiguió los premios más relevantes del género (premios Hugo y Nébula) narrando un desgarrador relato sobre la llamada Tercera Invasión. Más allá de su contenido, nos encontramos con un apenas un niño, Ender, en cuyas manos está el destino de la raza humana.
El vídeo que ilustra esta entrada (encontrado en el siempre recomendable Fogonazos) muestra cómo la guerra se desarrolla hoy en día a miles de kilómetros de los puntos calientes. En Afganistán, un avión sin piloto lanza una bomba siguiendo las órdenes de un operario sentado en Nevada (EE.UU.). Allí, con la única ayuda de una pantalla y un joystick, el piloto virtual controla el aparato y le da las instrucciones precisas. Una cámara le muestra el objetivo, y una cuenta atrás y un botón rojo dan la orden de acabar con él. Tan preciso, tan exacto, y tan inhumano como cualquiera de los simuladores de vuelo a los que hemos jugado de pequeños. Con la diferencia de que el avión es real, la bomba lo es, y el cadáver, también.
La lógica nos dice que un videojuego tiene que intentar asemejarse lo más posible a la realidad para conseguir su objetivo. No en vano, cada día el consumo de recursos crece en favor de hacer real un escenario simulado. El problema es que esa realidad virtual desvirtúe el verdadero mundo y deshumanice al hombre. Quienes crecimos con el born to frag de juegos clásicos como Doom, Quake, etc. nos valíamos de cargar con un arma y acribillar objetivos sin piedad. En algunos casos no era más que una IA sin vida, en otros eran personas que jugaban contra nosotros. En esencia todo aquello era un juego. Una diversión. ¿Qué ocurriría, pregunto, si detrás de esos enemigos abatidos hubiesen realmente personas? ¿Cómo distinguir la realidad si, llegado un punto, ese «juego» abandonase la Red para convertirse en un escenario real?
El Ejército de los EE.UU. ha usado en repetidas ocasiones juegos de guerra para entrenar a sus hombres. America’s Army es sólo un ejemplo de simulador táctico utilizado para aprender técnicas de batalla. Hasta ahora, la línea que separa Realidad de Realidad virtual era clara. Más allá de esos simuladores, un soldado debía estar en el campo de batalla: experimentar el miedo, la tensión, el fragor de la guerra. Hoy las nuevas herramientas permiten a un soldado estar en una posición ventajosa. No hay sudor, no hay miedo, no hay vida. Un arma a distancia. Protegido por miles de kilómetros. Un ser humano pierde así su humanidad. Tras una pantalla lo que vemos son objetivos, nuevos enemigos que debemos abatir para conseguir acabar el nivel. Sumar un punto. Ganar el juego.
Cuando la guerra sea estar detrás de un ordenador, cuando no veamos humanos sino sprites en la pantalla, cuando el soldado no distinga realidad de ficción; entonces ocurrirá la hecatombe. Y habrá que tener miedo, pues no hay hombre más peligroso que el armado y que no sufra, que no sienta, que no viva. Que no piense.
*Aviso para navegantes: este post puede resultar un poco desagradable por su contenido ligeramente escatológico.
Hace relativamente poco tiempo tuve la mala suerte de sufrir un atasco en el váter. Cuál fue mi sorpresa cuando entré y vi que el agua cubría hasta la mitad…
Mi primera idea fue: “esto tiro un par de veces de la cadena y se va fijo”, claro, es que el agua está ahí por gusto, ¿no? Como era de esperar, no funcionó, y el agua subió estrepitosamente temiendo incluso por mi vida. ¡Qué iluso! Cuando me acerqué a ver qué pinta tenía aquello, o mejor dicho aquello, vi que el agua poco a poco iba bajando, muy despacito, hasta que se paraba totalmente a una altura media. Os mentiría si dijera que sólo quedaba agua…
Segunda idea: “ya lo tengo, le echo un par de cubos de agua que lleva más fuerza y ya está”, el váter se volvió a reir de mí. El parecido con el agua decrecía de forma exponencial. Aquello tenía muy mala pinta.
Decepcionado y con bastante asco fui al supermercado a por desatascador (alrededor de 2 euros, así que no me hice ilusiones). Me planté frente al váter, eché todo el bote y lo dejé un rato para que hiciera reacción, hablaran entre ellos, llegaran a un acuerdo o lo que fuera. Tiré de la cadena y… (redoble de tambores)… no funcionó. Todo seguía igual o peor porque se dejaron ver algunos restos de metralla.
A la decepción y al asco se le añadió el mosqueo. Así que sin dudarlo busqué en internet algún producto potencialmente mortal. Sosa cáustica. Al lío. Leer más…
A casi (casi casi) todo el mundo le gusta la música, sea del tipo que sea. Unos prefieren algo relajado, otros sólo escuchan tum tum pá, y a mucha gente le gusta el heavy. Pero al fin y al cabo es música.
Yo, personalmente, escucho de todo, aunque presto mayor interés por algo que lleve doble bombo. Que nadie se asuste, puedo escuchar desde Enya,bandas sonoras o música clásica hasta Gamma Ray, algún tema antiguo de Metallica y cosas así, pasando por supuesto por Héroes del Silencio y una infinidad de grupos de lo más variopinto.
Así que, como no podía ser de otra forma, el post que hoy os traigo va de música.
Muchos/as conoceréis este grupo, ya desaparecido, y quizás tengáis otra canción como favorita, a mí me resulta difícil elegir sólo una, la verdad. Para los/as que no lo conozcan, el grupo en cuestión es Dire Straits, el cual recomiendo encarecidamente. Y el tema (temazo) lleva como título “Brothers in arms”, una delicatessen para los oídos. Esta canción da nombre al disco, el quinto, publicado en 1985. Tienen grandes, grandísimas canciones: Sultans of Swing, News, Romeo and Juliet, Tunnel of Love… podría decir toda la discografía pero esto se haría más largo de la cuenta y no es mi intención escribir un post sobre Dire Straits, que para éso ya está la Wikipedia. Así que si puedo daros una última recomendación, escuchad todo lo que salga de las manos de Mark Knopfler, no os defraudará.
Bueno, no me enrollo más. Espero que os guste.
*Nota: subid el volumen, relajaos y pensad cosas bonitas.
Vía Usted no está AQUÍ.
Ante Dios humillado, en pie sobre la tierra vasca, en recuerdo de los antepasados, bajo el árbol de Guernica, juro desempeñar fielmente mi mandato.
Juramento del Lehendakari al tomar posesión de su cargo.
Encontré en el blog de Urrutia Elejalde las palabras con las que históricamente los presidentes del País Vasco accedían a su cargo: frente a un emblemático roble, con un crucifijo milenario y ante la primera Biblia traducida al vasco. Al margen de las connotaciones religiosas, creo que es uno de los juramentos más emotivos que he leído nunca.
Hilvanando un poco llegué al texto que marcó el nacimiento de la lengua francesa en el siglo IX: Los Juramentos de Estrasburgo. En ellos se expresa la voluntad de dos de los nietos de Carlomagno (Carlos y Luis) de confabularse contra su hermano Lotario:
Por el amor de Dios y por el pueblo cristiano, y por nuestro bien común, a partir de ahora, mientras Dios me dé sabiduría y poder, socorreré a este mi hermano Carlos con mi ayuda y cualquier otra cosa, como se debe socorrer a un hermano, según es justo, a condición de que él haga lo mismo por mí [...]
Juramentos de Estrasburgo.
Pero, sin duda, los juramentos más grandilocuentes nos han llegado a través de la fantasía de los literatos. El Romance de los Tres Reinos es una novela histórica que relata el periodo comprendido entre el final de la distanía Han (aprox. 150 d.C.) y la unificación de China el año 280 d.C. Considerada una de las cuatro novelas clásicas chinas, el juramento que se pronuncia en ella es hoy tomada por numerosas sociedades secretas como acto de unidad y sumisión a la comunidad:
Cuando decimos los nombres Liu Bei, Guan Yu y Zhang Fei, aunque los apellidos sean diferentes, venimos juntos como hermanos. De este día en adelante, uniremos nuestras fuerzas para un propósito común y para ayudarnos entre nosotros en momentos de crisis. Vengaremos la nación desde arriba, y pacificaremos a los ciudadanos desde abajo. No buscamos nacer el mismo día, ni el mismo mes ni el mismo año. Nos limitamos a la esperanza de morir el mismo día, en el mismo mes y en el mismo año. Que los dioses del cielo y la tierra den testimonio de lo que está en nuestros corazones. Si alguna vez debemos hacer algo para traicionar nuestra amistad, que los dioses desde el cielo nos golpeen hasta morir.
J.R.R. Tolkien, en El Silmarillion, hizo que Fëanor y sus siete hijos pronunciaran el siguiente juramento después de la muerte de Finwë:
Sea amigo o enemigo, ominoso o luminoso,
engendro de Morgoth o brillante vala,
elda o maia, o después nacido,
hombre aún por nacer en la Tierra Media,
ni ley, ni amor, ni alianza de espadas,
temor ni peligro, ni el destino mismo,
lo defenderán de Fëanor, y de la prole de Fëanor,
a quien ocultase o atesorase, o en su mano tomase,
encontrando vigilado o lejos arrojado
un Silmaril. Esto juramos todos:
muerte le daremos antes que acabe el día,
¡maldito hasta el fin del mundo! ¡Oíd nuestra palabra
Eru Ilúvatar! Con la sempiterna
oscuridad seamos malditos si el juramento rompemos.
¡sobre la montaña sagrada oídlo como testigos
y nuestra promesa recordad, Manwë y Varda!



