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El experimento de la cárcel de Stanford

10 diciembre, 2006
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– Se aprecia una pérdida del sentido de la realidad, desorientación, sumisión a la autoridad, inclinación violenta y alienación total. ¡Sólo en cinco días!

Das Experiment.

El Experimento está basado en la novela Black Box, de M. Giornado, quien tomó las referencias del verídico Experimento de la cárcel de Stanford. El profesor P. Zimbardo sometió en 1971 a 24 jóvenes universitarios a un estudio sobre los efectos psicológicos de la vida en la cárcel. Aleatoriamente, escogería a la mitad para el papel de guardias, y a la otra mitad para el papel de presos.

Si bien el experimento comenzó satisfactoriamente, pronto los presos se amotinaron. Los guardias, ante la imposibilidad de usar la violencia física, optaron por retirarles las camas a los presos, desnudarlos, y rociarles el cuerpo con un extintor. Sentían que necesitaban tener el control de la cárcel. Aunque todos ellos eran inexpertos, descubrieron que psicológicamente podían hacer frente a las revueltas. Empezaron a someter a castigos a los presos sin razón aparente, los aislaban, los amedrentaban, trataban de poner a los presos unos en contra de otros, los obligaban a limpiar sus heces con las manos desnudas…

Los presos pronto se encontraban tan alienados en su papel que creyeron realmente que estaban encerrados en una prisión. Aunque se les dió la posibilidad de salir del experimento, pensaron realmente que no podrían hacerlo sin ayuda de un abogado. Se llegó a situaciones que escapaban totalmente del control de los investigadores:

En cuanto me di cuenta de que el recluso #819 podía oírlos cantar, volví rápidamente a la habitación donde lo había dejado, y encontré a un chico que lloraba desconsoladamente mientras de fondo se oía a sus compañeros de cárcel gritando que era un mal recluso. El canto ya no era desorganizado y divertido como había sido el primer día. Ahora estaba marcado por una absoluta sumisión y conformidad, como si una sola voz dijese “el recluso #819 es malo”.
Sugerí que nos marchásemos, pero se negó. Mientras le caían las lágrimas, dijo que no podía irse porque los demás lo habían etiquetado como mal recluso. A pesar de encontrarse mal, quería regresar y demostrar que no era un mal recluso.
En aquel punto, le dije:
– Escucha, tú no eres el recluso #819. Tú eres [su nombre] y yo me llamo Dr. Zimbardo. Soy psicólogo y no superintendente de prisiones, y esto no es una cárcel real. Esto es sólo un experimento y aquellos chicos, como tú, son estudiantes y no reclusos. Vámonos.
Dejó de llorar de golpe, me miró como un niño pequeño que acaba de despertar de una pesadilla y contestó:
– De acuerdo, vámonos.

El experimento debía desarrollarse durante dos semanas; pero seis días después de haber comenzado, Zimbardo decidió acabar con el mismo:

Decidí terminar el estudio prematuramente por dos razones. En primer lugar, en las cintas de vídeo habíamos descubierto que los guardas habían intensificado las vejaciones a los reclusos durante la noche, cuando pensaban que los investigadores no miraban y que el experimento estaba “parado”. El aburrimiento los había llevado a un abuso más pornográfico y denigrante de los reclusos. En segundo lugar, Christina Maslach, una doctorada de Stanford traída para entrevistar a los guardas y reclusos, protestó enérgicamente cuando vio que a los reclusos se les hacía marchar en fila hacia el lavabo, con la cabeza dentro de bolsas, las piernas encadenadas y las manos los unos sobre los hombros de los otros.

Llegados a este punto, se vio claro que debíamos acabar con el estudio. Habíamos creado una situación abrumadoramente poderosa, a la que los reclusos se iban abandonando, comportándose de manera patológica, y en la que algunos de los guardas se comportaban sádicamente. Incluso los guardas “buenos” se sentían impotentes para intervenir y ninguno de los guardas dimitió mientras el estudio se llevaba a cabo.

Las consecuencias del experimento no se hicieron esperar:

Cuatro reclusos reaccionaron con crisis nerviosas como válvula de escape. Un recluso desarrolló una erupción psicosomática por todo el cuerpo cuando supo que se había rechazado su petición de libertad condicional. Otros intentaron sobrevivir siendo buenos reclusos, haciendo todo aquello que los guardas les mandasen. Uno de ellos recibió el mote de “Sargento”, por su manera militar de ejecutar todas las órdenes.

Al final del estudio, los reclusos quedaron desintegrados, como grupo y como individuos. Ya no existía una unidad de grupo; solo un puñado de individuos aislados resistiendo, casi como prisioneros de guerra o pacientes de un hospital psiquiátrico. Los guardas lograron el control total de la prisión e impusieron la obediencia ciega de todo recluso.

Dos meses después del estudio el recluso #416, que había estado incomunicado durante varias horas, explicaba:

– Empecé a notar que perdía mi identidad, que no era yo la persona que se llamaba Clay, la persona que se metió en ese lugar, la persona que se presentó voluntaria para ir a esa cárcel; porque fue una cárcel para mí y aún lo es. No lo considero un experimento o una simulación porque fuera una cárcel regida por psicólogos en lugar de gobernada por el Estado. Empecé a sentir que aquella identidad, la persona que yo era y que había decidido ir a la cárcel, estaba muy lejos de mi, que era un extraño, hasta que finalmente ya no era esa persona, sino que era el 416. Yo era, en realidad, un número.

Cabe plantearse, dado que este experimento ocurrió realmente, ¿hasta que punto aceptamos una realidad impuesta sin cuestionarnos los motivos de la misma? ¿Hasta que punto estamos hoy alienados por los medios, por el poder, por las normas…? ¿Somos realmente libres?

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