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Lingotes de oro

18 octubre, 2008

Hace algunas semanas discutía sobre el tema clave de estos últimos meses: la crisis económica. Sin ser un especialista en el tema (estudiar economía es uno de mis proyectos a muy largo plazo), sí que he procurado estar al tanto de los movimientos especulativos en los mercados, el porqué de las decisiones tomadas, y de dónde viene tanta inflación (Zimbabue tiene una inflación mensual en torno al 2000%, una situación rocambolesca en la que los precios suben cada hora, el gobierno crea billetes millonarios, elimina ceros de la moneda, etc.), recesión (Francia, Italia, Alemania, Inglaterra, etc.), y bancarrota (Islandia).

Hace siglos, cuando la escasez y la durabilidad del oro convirtieron al metal en moneda de cambio, toda la economía mundial se basaba en la cantidad atesorada del bien dorado. No en vano, España vivió su época de esplendor durante los siglos XVI y XVII gracias al oro que aportaban las colonias americanas. La aparición del papel moneda en Europa (justo en esa misma época) supuso un avance en los sistemas de mercado. Aunque en un principio tenía una convertibilidad reducida, con el reinado de Luis XIV el Estado se convirtió en garante del valor del papel emitido. Detrás de ese pequeño trozo de papel había una garantía de convertibilidad (en los certificados de plata de EE.UU., hasta su reconversión en dólares hacia 1968, podía leerse la frase “in silver payable to the bearer on demand“) que daba seguridad al mercado: siempre podría cambiarse el “valor” del papel por su equivalente en metal precioso.

En 1944, cerca del fin de la II Guerra Mundial, iba a nacer un nuevo orden mundial: Los Acuerdos de Bretton Woods. Los países aliados marcaron el inicio de una nueva economía global con la creación del FMI y del Banco Mundial. Estados Unidos era la mayor potencia económica del mundo. En esencia, las prerrogativas del país americano decidirían el futuro de la economía globalizada. Inglaterra, la otra gran nación, necesitada del dinero de EE.UU. para reconstruir el país, no tuvo más remedio que ceder ante las exigencias de Roosvelt. El resultado fue que el dolar se convertía, de facto, en el motor de movimiento de la Nueva Economía. Se fijó una equivalencia de 35,00 $ por cada onza de oro: el patrón oro. EE.UU. debía garantizar con sus reservas este cambio (poseía el 80% de las reservas de oro del mundo), y todas las transacciones internacionales entre monedas debían hacerse teniendo en cuenta la equivalencia en dólares.

El sistema funcionó hasta 1971. EE.UU. estaba ahogado por la Guerra de Vietnam y una política económica expansionista; sus reservas de oro habían caído estrepitosamente, y la solución que dieron a ese acuciante problema fue digno de una mente preclara (sic): imprimieron más moneda. Es decir, teniendo una cantidad fija de oro pusieron en circulación una mayor cantidad de dinero. El resultado no se hizo esperar, inflación: el mercado tomo consciencia de que el valor del dinero había disminuido (pues no había aumentado el oro pero sí el monto total de dinero), lo que originó una subida de precios y una devaluación del dólar. Los inversores, conscientes de ese hecho, quisieron recuperar rápidamente no el dinero, sino el valor en oro de la moneda (esto fue lo que, el año 2001, colapsó el mercado argentino: el Corralito). El 15 de agosto de 1971 R. Nixon sorprendió al mundo suspendiendo unilateralmente la convertibilidad entre dólares y oro. Fue el fin de los acuerdos de Bretton Woods y el inicio de una nueva economía de libre mercado: las monedas de los distintos países comenzaron a fluctuar libremente, no estando el tipo de cambio atado por ninguna administración central.

Hoy, que las bolsas mundiales son más parecidas a una montaña rusa que nunca, algunos se plantean si es el fin de aquella nueva economía, si estamos de nuevo ante un nuevo orden mundial. Me quedo, de todo lo leído hasta ahora, con unas palabras de I. Escolar:

El capitalismo no es malo, lo han dibujado así. Es el peor sistema económico posible, a excepción de todos los demás. […] Cada dos o tres décadas, más o menos, el mercado se olvida de que también es mortal, el cielo financiero se desploma sobre nuestras cabezas y hay que ceder al chantaje y pagar con los impuestos los errores de los bancos porque la alternativa es aún peor. Cada dos o tres décadas, la intervención del Estado demuestra ser la única vacuna para salvar al capitalismo de su avaricia caníbal. Cada dos o tres décadas, el libre mercado recuerda, por las malas, que hasta los deportes más agresivos necesitan un árbitro. Y entonces todo cambia para que todo siga igual.

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3 comentarios leave one →
  1. 20 octubre, 2008 18:09

    Me gusta el artículo, pero no me gusta la cita. Con perdón. XD Soy bastante escéptico. ¿Cuales son las otras alternativas? Las únicas políticas económicas que se han puesto en marcha a escala global desde el s. XIX (de verdad) han sido capitalistas. Dos versiones, capitalismo neoliberal (o liberal o burgués) y capitalismo de estado. Cada cual ha ido peor. Las otras no se han probado.

    Cualquier planteamiento sobre ideas no probadas es banal. Pueden ser ciertas o falsas. Es cuestión de fe [véase las ideas de Milton Friedman y Keynes (keynesianismo) este análisis
    ]
    De hecho, las soluciones a la crisis que se plantean van en contradicción directa con el capitalismo aqui

    Un saludo, XD

  2. 20 octubre, 2008 18:10

    Perdón por las referencias al mismo periódico, pero no tengo mucho tiempo. La otra alternativa principal a la que me refiero es el Colectivismo.

    Otro saludo

  3. 25 octubre, 2008 21:37

    A mi me ha gustado mucho el artículo ;)
    Me parece que está bien explicado el tema de la inflación que hasta ahora no me había enterado de nada jaja

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