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Cambiar el Mundo

5 noviembre, 2008

Hará unos diez años tuve una conversación con un viejo amigo. Hablábamos de la idoneidad o no de marcarse metas para el futuro, y él me hablaba con las enseñanzas de su padre. Éste, preguntándole a un amigo sobre qué quería ser de mayor, recibió por respuesta “me gustaría ser cura”. “¡Entonces no llegarás más que a monaguillo!”, espetó, “si hubieras querido ser Papa, seguro que entonces habrías llegado a cura”. En aquel entonces yo rebatía sus argumentos considerando que era mejor marcarse metas pequeñas, cumplirlas, y marcarse una nueva meta con la satisfacción de haber cumplido un objetivo.

Hoy he vuelto a acordarme de esta anécdota. Hablaba de los problemas que está pasando mi facultad a raiz del proceso de Bolonia, de la aprobación del Grado en Física, y de la poca implicación de los alumnos por la “lucha contra el sistema”. Me hablaban de que antes, hace años, con la sombra de una dictadura, el pueblo luchaba por sus ideales. Me hablaban de sacrificio, de riesgo, de represión. Y de cómo nuestros padres lucharon contra un sistema impuesto. Me hablaban de un movimiento de protesta, de una cultura, nacida contra la Guerra de Vietnam (esta misma noche he leído textos que lo refutan). Me hablaban, en definitiva, de que es triste que nos hayamos acomodado, que no luchemos, y que lo único que miremos sea nuestro propio ombligo.

El alumnado, en concreto, está envenenado. Siempre he presumido de mi Facultad: pequeña, acogedora, y cuna del “buen-rollismo”. Quizás el hecho de que seamos pocos (apenas llegamos a 450 alumnos) ha permitido que todos nos conozcamos; quizás las dificultades de las asignaturas nos haga empatizar fácilmente. Y, aún así, nosotros envenenamos. Son años, varios, los que he sido Delegado de Alumnos, los que he sido miembro de Junta de Facultad, de Consejos de Departamento. Y de todos ellos tengo un recuerdo difuso. Por mí, por todos los que alguna vez hemos peleado algo. Porque muchas veces nos hemos sentido solos, luchando sin saber por quién, sin saber por qué. Defendiendo las ideas de personas que sabías que no iban a apoyarte. Ellos se quejaban, tú respondías con contundencia, y cuando volvías a ver quién te apoyaba estabas completamente solo. Eso, amigo, da que pensar.

Algunos dirán que me volví cómodo, conformista incluso. Ahora pienso que aprendí a luchar. A luchar, en su momento, por aquellos que sabes que te van a respaldar. A luchar, desde dentro, siguiendo las reglas del juego. A luchar cuando veo el objetivo, cuando aún no es demasiado tarde.

Yo no quiero cambiar el Mundo. Así lo he dicho. No tengo grandes metas. No quiero ser nadie importante. Sólo quiero, en mi pequeña parcela, poder ayudar a alguien. Sería feliz si consigo transmitir algo bueno a mi entorno. Si consigo mejorar la situación de los que interactúen conmigo. Si el día de mañana tengo a mi cargo a un grupo de personas (alumnos, compañeros, lo que sea) me bastará con poder transmitirles algo. Con poder mejorar ese mundo: Mi Mundo. No quiero ir más allá.

Será, como dijo hace poco un amigo, que yo también soy un conformista.

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