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Cuarenta y dos es la respuesta

3 marzo, 2013

El mundo es necesariamente como es porque hay seres que se preguntan por qué es así

Enunciado del principio antrópico.

Supongamos que somos unos aficionados a la Astronomía. Y queremos, por curiosidad, ver cómo funciona nuestro Sistema Solar. Aunque lo ideal sería poder escapar (salir) de nuestro barrio, para poder ver desde un cómodo sillón espacial el movimiento de los planetas, parece que actualmente es algo complicado. Baste decir que la Voyager I, que partió de la Tierra hace ya 35 años, es la única nave que se ha adentrado en el espacio profundo, en los confines del Sistema Solar.

Si queremos conocer el movimiento de nuestro barrio podemos plantear un sencillo experimento. Usando un ordenador, fijemos un conjunto de puntos (planetas) y démosles el movimiento correcto de forma que obtengamos un bonito Sistema Solar en nuestra pantalla. Parece sencillo: ocho planetas (el pobre Plutón quedó fuera del reparto) a la distancia adecuada, un sol bien grandote en el centro, y a ver qué ocurre. Anticipo a los avezados lectores el resultado: probablemente los planetas más cercanos al Sol sean inmediatamente engullidos por éste, Júpiter y Saturno colisionen entre sí esparciendo asteroides por todo el mapa, Neptuno se aleje irremisiblemente del entorno, y finalmente a los pocos segundos no quede nada parecido a lo que nosotros conocemos como “casa”. Parece que nuestro modelo era demasiado sencillo, y necesitamos añadir algunas variables nuevas para que todo funcione como efectivamente parece que funciona. Podemos buscarnos a un par de astrofísicos que nos orienten un poco sobre qué necesitamos para nuestra simulación y confeccionar nuestra propia lista de la compra:

INGREDIENTES PARA UNA BUENA SIMULACIÓN DEL SISTEMA SOLAR

En definitiva, lo que parecía una tarea sencilla se ha vuelto algo bastante complejo. Tanto es así que cabría decir, sin excesivo rigor pero sí con bastante acierto, que estamos aquí por un conjunto de casualidades con una probabilidad tan baja, tan baja, que deberíamos sentirnos afortunados de nuestra mera existencia. Son tantos los ingredientes (los eventos) que nos pueden abocar a la destrucción en cualquier momento que cada segundo en este planeta es un regalo. Vivimos, en suma, en un mundo altamente inestable, a merced de fuerzas inconmensurables que pueden acabar con nuestra existencia tras un leve pestañeo. Entonces, sin entrar en argumentos religiosos (después de todo, Laplace nunca necesitó esa hipótesis) o tautológicos ¿cómo es posible que estemos vivos?

Resulta difícil no maravillarse con la complejidad (y exactitud) de nuestro entorno. Tenemos un sol en una etapa estable, de tamaño medio, que no pulsa ni escupe excesiva radiación. La Tierra está a una distancia tal que no está completamente helada por el frío, ni completamente abrasada por el calor. Júpiter, por su tamaño, capta la atención de casi todos los cuerpos celestes que intentan colisionar con nosotros, actuando como un verdadero escudo protector. Vivimos en un barrio tranquilo de la Vía Láctea, alejado de agujeros negros y demás elementos que perturbarían nuestro descanso. El interior de nuestro planeta origina un campo magnético que nos protege de la radiación solar. Una atmósfera de CO2 que estabiliza la temperatura mediante efecto invernadero. Una capa de ozono que nos cobija… ¿Cuál es la probabilidad de que todos estos factores actúen, de forma conjunta, en el mismo lugar y tiempo posibilitando la vida? Parece complicado, cuando no imposible, no recurrir a “factores externos”, divinos, que justifiquen el porqué de nuestra existencia.

Hay, sin embargo, un pequeño argumento estadístico que está a nuestro favor. Si bien la probabilidad conjunta de todos los eventos anteriores es baja, el enorme, gigantesco, gargantuesco tamaño del Universo hace que, en suma, en algún sitio todos ellos puedan convivir en paz. ¿Hemos sido entonces tocados por una mano divina que nos ha colocado justo en el lugar y momento correctos? ¿O toda nuestra existencia se basa en un conjunto de casualidades fortuitas sin razón de ser?

La respuesta al sentido de la vida, el universo y todo lo demás es, como no podía ser de otra manera, 42.

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