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Inefable, imposible, necesario

19 marzo, 2013

Con apenas 18 años, imberbe, nervioso, entró en el que sería su nuevo hogar durante los próximo años, dispuesto a devorar el mundo, a conocer lo insondable, a ponerle letras a lo inefable. Había escogido una carrera de las que llaman “vocacional”. Con pocas salidas profesionales. Al cruzar el umbral recordaba muchas preguntas que le hicieron, todas circundando la misma temática: ¿por qué ésa y no alguna que te garantice un futuro? Aún hoy no terminaba de tener claro el motivo.

Y allí, desde lo alto de la tarima, un profesor enjuto le dirigió la mirada. No era mayor, no era joven, no era más que una figura inerte enfundada en un traje marrón, con camisa blanca y una pajarita a cuadros. Todo él no era más que una mísera barba con la que jugaba a ratos, atusándola mientras fingía que ordenaba sus pensamientos.

Se hizo el silencio en el aula, se sentaron los recién llegados, y el profesor empezó a hablar. Sus palabras quizás no fueran exactamente éstas pero dijo, en esencia, algo que aterrorizó a muchos y enamoró a unos pocos. Dijo, con una voz apagada, apenas audible, que el estudio de los dragones comportaba varias fases. Y que todos terminarían aprendiéndolas siguiendo un preciso orden cronológico. Era importante respetar el orden, pues sólo así se podría entender la existencia de los mismos.

Todos los alumnos se miraron extrañados. En aquella facultad, en el llamado Templo del Conocimiento, ¿por qué se hablaba de seres mitológicos? ¿Qué relación tenían aquéllos con los conocimientos que esperaban obtener?

Comenzó hablando del primer año, que se dedicaría al estudio morfológico de los dragones. La diversidad de los mismos en función de su origen, si los brazos estaban unidos al ala o tenían entidad propia. Su corpulencia, el contrapeso que ejercía la cola frente al largo y poderoso cuello, etc.

Durante el segundo año, continuó, hablarían de la genealogía de los mismos. Las distintas casas en las que se distribuyen y el color que los caracteriza. Dragones negros como la noche más oscura, con escamas de obsidiana que titilan como estrellas al ser iluminadas por el sol. Dragones del color del fuego, de cuyas fauces emana el calor del mundo…

El tercer y penúltimo año estaría dedicado a su hábitat y sus costumbres. El porqué de su soledad, de su afición por el oro y las joyas. La semi-hibernación en la que viven aguardando el tiempo del despertar. El regusto por la sangre de vírgenes y héroes que acuden en su búsqueda. Sus motivaciones y su desdén por la raza humana. Su carácter taimado. Su ira. Su odio.

— ¿Y el último año?  preguntó un inquieto alumno, ya absorto por la historia que les estaba contando el profesor.

— El último año entenderán que los dragones son seres irreales. Que no existen, y que su tarea después de todos estos años no será otra que mantenerlos vivos en la memoria y enseñar, a las futuras generaciones, sobre la importancia de que continúen con nosotros.

Algunos salieron de aquella clase apesadumbrados, sin saber qué quiso decir. Otros, en cambio, sonrieron y entendieron que aquello les describía, perfectamente, lo que en realidad iban a estudiar en los próximos años.

Crónicas de una carrera ejemplar.

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3 comentarios leave one →
  1. 19 marzo, 2013 20:03

    ¡Qué guay!
    ¿Es tuyo?

  2. 21 marzo, 2013 16:49

    Basado en una historia real que me contaron sobre la Facultad de Filosofía y Letras de León. Sólo he puesto en palabras lo que escuché aquel día.

    Creo que es aplicable a algunas carreras de Ciencia :)

  3. 26 marzo, 2013 20:07

    Y tanto!

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